En el vasto desierto de arenas milenarias, donde el aire acaricia con el aroma más puro que pueda brotar del cielo, el sonido del silencio se convierte en un eco que habla al alma. Allí, donde los pensamientos se expresan en murmullos, y el susurro de los sueños parece una melodía lejana, el canto de la ilusión se transforma en llanto, como la lluvia que cae desde los ojos, aunque el día parezca nublado. Detrás de esas nubes grises, siempre hay un sol radiante. Y es en ese momento, cuando el corazón late y cada latido duele porque ama, que buscamos esconder los secretos de ese querer, de ese soñar, de ese anhelo que a veces exigimos sin querer.
Es tan hermoso pensar que aquello que soñamos —tanto dormidos como despiertos— pudiera volverse realidad. Imaginar que, al estar frente a esa persona amada, nuestros brazos se extienden para abrazar el templo de su alma y corazón. En ese abrazo, las espinas que antes herían se transforman en suaves pétalos de rosas; lo gris se torna claro; las lágrimas, en gotas de alegría; la tristeza, en esa plenitud que llamamos felicidad.
Pero entonces nos preguntamos: ¿Por qué el amor duele?
El amor no duele. Es imposible que lo haga. Cuando pensamos en el amor, recordamos las risas compartidas, los besos entregados, esas mariposas en el estómago, los abrazos que nos envuelven y nos hacen sentir vivos. Lo que verdaderamente duele es el apego, las expectativas no cumplidas, los caprichos, las decepciones. Duele cuando queremos poseer al otro, cuando intentamos leer su mente, controlar cada paso, exigir respuestas y moldear su esencia hasta borrar su individualidad.
El amor, cuando es libre y espontáneo, es como un ave que vuela por los cielos más altos, como el alma pura de un niño: humilde, inocente, hermosa. Es una fuerza que fluye sin ataduras, sana y libre como el viento.
A veces olvidamos lo hermoso de ser libres en el amor. Nos convertimos en jueces, en inquisidores de los actos del ser amado. Esa inseguridad nos ciega, nos hace plantar un árbol ante nuestros ojos que no nos deja ver el bosque detrás. Por miedo, proyectamos el pasado en el presente, y nos aferramos tanto a nuestra verdad que dejamos de escuchar al corazón. Nos volvemos incrédulos, incapaces de ver más allá de nuestras narices, incapaces de creer, aun cuando el amor está frente a nosotros, sonriéndonos, llenándonos de detalles, mostrándonos cada día lo importante que somos en su vida.
Y así, nos agotamos. No porque el amor se desvanezca, sino porque no sabemos cuidarlo.
Nos aferramos a la idea de tener siempre la razón, olvidando que el verdadero amor no necesita ganadores ni vencidos. Nos volvemos sordos a lo que no queremos escuchar, ciegos a lo que no queremos ver. Y cuando el dolor nos alcanza, cuando la distancia se vuelve insalvable, nos lamentamos y decimos: “Me hicieron daño”, sin reconocer que a veces el mayor daño es el que nos infligimos a nosotros mismos por no soltar, por no confiar, por no dejarnos amar.
El amor no duele. Si le preguntas a una pareja que ha vivido una vida juntos, ellos te dirán con una sonrisa que ha valido la pena cada segundo, cada lucha, cada obstáculo. El amor no es para los cobardes. Con todas sus imperfecciones, el amor sigue siendo el refugio donde, en los momentos más oscuros, uno se levanta al otro.
Como dijo Silvio Rodríguez en “Óleo de mujer con sombrero”:
“Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar.”
Si realmente queremos amar, debemos aprender a dejar el orgullo y el egoísmo de lado. Amar de verdad es estar incondicionalmente en las buenas y en las malas, es luchar juntos por mantener vivo ese fuego que, si lo cuidamos bien, nunca se apagará.
El amor no es solo estar enamorado. Amar va mucho más allá. Estar enamorado es un sentimiento pasajero; amar es una decisión que se reafirma cada día. Y cuando dejamos atrás el ego, cuando soltamos el miedo, encontramos la verdadera paz, no en la soledad, sino en la plenitud de compartir nuestra vida con alguien más.
Y entonces, aunque me rompieron el corazón una y mil veces, aunque intenté recoger los pedazos rotos de mi alma para volver a construir algo que, por un momento, creí imposible… volví a intentarlo. A pesar del miedo, a pesar de la herida que aún sangraba. Volví a creer. Y aunque el resultado fue peor, no me arrepiento. Porque amar no es cobardía, ni locura. Amar es el acto más valiente que podemos hacer, incluso cuando duele. Incluso cuando parece que el amor se convierte en cenizas. Porque en esas cenizas, siempre hay una chispa, una luz. Y esa luz, aunque sea para nosotros mismos, nos recuerda que somos capaces de amar, una vez más.
Si no aprendemos a cuidar el amor cuando lo tenemos en nuestras manos, terminaremos buscando, una y otra vez, lo que dejamos escapar, y solo quedarán recuerdos de lo que pudo haber sido.
Hermoso poema del libro "Lo Que Le He
Enseñado a la Vida" por Don Mofles…
Si por un instante Dios se olvidara de que
soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no
diría todo lo que pienso pero, en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que
valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco y soñaría más, entiendo que
por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen,
despertaría cuando los demás duermen, escucharía mientras los demás hablan, y
cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate...
Si Dios me obsequiara un trozo de vida,
vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando al descubierto no
solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón...
Escribiría mi odio sobre el hielo, y
esperaría a que saliera el sol.
Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre
las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata
que ofrecería a la luna.
Regaría con mis lágrimas las rosas, para
sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de
vida...
No dejaría pasar un solo día sin decirle a
la gente que quiero, que la quiero.
Convencería a cada mujer de que ella es mi
favorita y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán
equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber
que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas, pero dejaría que
el solo aprendiese a volar.
A los viejos, a mis viejos les enseñaría
que la muerte no llega con la vejez sino con el olvido.
Tantas cosas les he aprendido a ustedes
los hombres...
He aprendido que todo el mundo quiere
vivir en la cima de la montaña sin saber que la verdadera felicidad está en la
forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido
aprieta con su puño por vez primera el dedo de su padre, lo tiene atrapado para
siempre.
He aprendido que un hombre únicamente
tiene derecho de mirar a otro hombre hacia abajo, cuando ha de ayudarlo a
levantarse.
Son tantas cosas las que he podido
aprender de ustedes, pero finalmente de mucho no habrán de servir porque cuando
me guarden dentro de esta maleta, infelizmente me estaré muriendo...


